“(…)Y sabemos que la fe es el cimiento y, en definitiva, los cimientos de la tierra no pueden vacilar si permanece firme la fe, la verdadera sabiduría.(…)” – Benedicto XVI – Sínodo de los Obispos para Oriente Medio – 11.10.2010 (Vaticano)

Fonte/imagem: Paróquia São José dos Angicos: Bento XVI abre o Sínodo dos Bispos para Igreja no Oriente Médio com apelo à paz e à justiça

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Fonte: http://www.vatican.va/news

PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL (LUNES 11DE OCTUBRE de 2010 (…)

– REFLEXIÓN DEL SANTO PADRE

En la apertura de la Primera Congregación General de esta mañana, lunes 11 de octubre de 2010, tras la lectura breve de la Hora Tercia, el Santo Padre Benedicto XVI hizo la siguiente reflexión:

Queridos hermanos y hermanas:

El 11 de octubre de 1962, hace cuarenta y ocho años, el Papa Juan XXIII inauguraba el Concilio Vaticano II. Entonces el 11 de octubre se celebraba la fiesta de la Maternidad divina de María y, con este gesto, con esta fecha, el Papa quiso encomendar todo el Concilio a las manos maternas, al corazón materno de la Virgen. También nosotros empezamos el 11 de octubre, también nosotros queremos encomendar este Sínodo, con todos los problemas, con todos los desafíos, con todas las esperanzas, al corazón materno de la Virgen, la Madre de Dios.

Pio XI, en 1930, había introducido esta fiesta, mil seiscientos años después del Concilio de Éfeso, el cual había legitimado para María el título Theotókos, Dei Genitrix. En esta gran palabra, Dei Genitrix, Theotókos, el Concilio de Éfeso había resumido toda la doctrina de Cristo, de María, toda la doctrina de la redención. Así, vale la pena reflexionar un poco, un momento, sobre lo que nos dice el Concilio de Efeso, o sea, de lo que nos dice en este día de hoy.

En realidad, Theotókos es un título audaz. Una mujer es Madre de Dios. Podríamos decir: ¿cómo es posible? Dios es eterno, es el Creador. Nosotros somos criaturas, estamos en el tiempo. ¿Cómo podría una persona humana ser Madre de Dios, del Eterno, dado que todos nosotros estamos en el tiempo, somos todos criaturas? Por lo tanto se entiende que había una gran oposición, en parte, contra esta palabra. Los nestorianos decían: se puede hablar de Christotókos, sí, pero de Theotókos no: Theós, Dios, es más, está por encima de los acontecimientos de la historia. Pero el Concilio decidió esto y justamente así ha puesto en evidencia la aventura de Dios, la grandeza de todo lo que ha hecho por nosotros. Dios no ha permanecido en sí: ha salido de sí, se ha unido de tal modo, tan radicalmente con este hombre, Jesús, que este hombre Jesús es Dios y si hablamos con Él, podemos siempre hablar también con Dios. No sólo ha nacido un hombre que tiene que ver con Dios, sino que en Él ha nacido Dios en la tierra. Dios ha salido de sí. Pero podemos decir también lo contrario: Dios nos ha atraído hacia sí, de forma que ya no estamos fuera de Dios, sino que estamos en lo íntimo, en la intimidad de Dios mismo.

La filosofía aristotélica, lo sabemos bien, nos dice que entre Dios y el hombre existe sólo una relación no recíproca. El hombre se refiere a Dios, pero Dios, el Eterno, está en sí, no cambia: no puede tener hoy esta relación y mañana otra. Está en sí, no tiene una relación ad extra. Es una palabra muy lógica, pero es una palabra que nos desespera: por lo tanto Dios mismo no tiene relación conmigo. Con la encarnación, con el advenimiento de la Theotókos, esto ha cambiado de forma radical, porque Dios nos ha atraído hacia sí mismo y Dios en sí mismo es relación y nos hace participar en su relación interior. Así estamos en su ser Padre, Hijo y Espíritu Santo, estamos en el interior de su relación, estamos en relación con Él y Él realmente ha creado una relación con nosotros. En ese momento Dios deseaba nacer de una mujer y ser siempre sí mismo: este es el gran advenimiento. Y así podemos entender la profundidad del acto del Papa Juan XXIII, que confió la asamblea conciliar, sinodal, al misterio central, a la Madre de Dios que es atraída por el Señor en Él mismo, y así todos nosotros con Ella.

El Concilio empezó con el icono de la Theotókos. Al final, el Papa Pablo VI reconoce a la misma Virgen el título de Mater Ecclesiae. Y estas dos imágenes, que abren y cierran el Concilio, están intrínsecamente conectadas; son, al final, una imagen sola. Porque Cristo no ha nacido como un individuo entre los otros. Ha nacido para crearse un cuerpo: ha nacido – como dice san Juan en el capítulo 12 de su Evangelio – para atraer a todos hacia Él y en Él. Ha nacido – como dicen las Cartas a los Colosenses y a los Efesios – para recapitular todo el mundo, ha nacido como primogénito de muchos hermanos, ha nacido para reunir al cosmos en sí, para que así Él sea la Cabeza de un gran Cuerpo. Donde nace Cristo inicia el movimiento de la recapitulación, inicia el movimiento de la llamada, de la construcción de su Cuerpo, de la Santa Iglesia. La Madre de Theós, la Madre de Dios, es Madre de la Iglesia, porque es Madre de Aquél que ha venido para reunirnos a todos en su Cuerpo resucitado.

San Lucas nos hace entender este paralelismo entre el primer capítulo de su Evangelio y el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles, que repiten en dos niveles el mismo misterio. En el primer capítulo del Evangelio, el Espíritu Santo viene sobre María y así alumbra y nos dona el Hijo de Dios. En el primer capítulo del Hecho de los Apóstoles, María está en el centro de los discípulos de Jesús que están rezando juntos, implorando la nube del Espíritu Santo. Y así, de la Iglesia creyente, con María en el centro, nace la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. Este doble nacimiento es el único nacimiento del Christus totus, del Cristo que abraza al mundo y a todos nosotros.

Nacimiento en Belén, nacimiento en el Cenáculo. Nacimiento del Niño Jesús, nacimiento del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia. Son dos advenimientos o un único advenimiento. Pero entre los dos están realmente la Cruz y la Resurrección. Y sólo a través de la Cruz tiene lugar el camino hacia la totalidad del Cristo, hacia su Cuerpo resucitado, hacia la universalización de su ser en la unidad de la Iglesia. Y así, teniendo presente que sólo del grano caído en la tierra nace la gran cosecha, del Señor clavado en la Cruz viene la universalidad de sus discípulos reunidos en este su Cuerpo, muerto y resucitado.

Teniendo en cuenta este nexo entre Theotókos y Mater Ecclesiae, nuestra mirada se dirige al último libro de la Sagradas Escrituras, el Apocalipsis, donde en el capítulo 12 aparece justamente esta síntesis. La mujer vestida de sol, con doce estrellas sobre la cabeza y la luna bajo los pies, da a luz. Y alumbra con un grito de dolor, alumbra con gran dolor. Aquí el misterio mariano es el misterio de Belén ampliado al misterio cósmico. Cristo nace siempre de nuevo en todas las generaciones y así asume, recoge la humanidad en sí mismo. Y este nacimiento cósmico se realiza en el grito de la Cruz, en el dolor de la Pasión. Y a este grito en la Cruz pertenece la sangre de los mártires.

Así, en este momento, podemos echar una mirada al segundo Salmo de esta Hora Media, el Salmo 81, donde se ve una parte de este proceso. Dios está entre los dioses – aún están considerados en Israel como dioses. En este Salmo, en una gran concentración, en una visión profética, se ve el debilitamiento de los dioses. Los que aparecían como dioses no son dioses y pierden su carácter divino, caen a tierra. Dii estis et moriemini sicut homines (cfr. Sal 81, 6-7): el debilitamiento, la caída de la divinidad.

Este proceso que se lleva a cabo en el largo camino de la fe de Israel y que aquí está resumido en una única visión, es un proceso verdadero de la historia de la religión: la caída de los dioses. Y así la transformación del mundo, el conocimiento del Dios verdadero, el debilitamiento de las fuerzas que dominan la tierra, es un proceso de dolor. En la historia de Israel vemos como este liberarse del politeísmo, este reconocimiento – “solo Él es Dios” – se produce con tantos dolores, empezando por el camino de Abraham, el exilio, los Macabeos, hasta Cristo. Y en la historia continua este proceso de debilitamiento, del cual habla el Apocalipsis en el capítulo 12; habla de la caída de los ángeles, que no son ángeles, no son divinidades en la tierra. Y se lleva a cabo realmente, justo en el tiempo de la Iglesia naciente, donde vemos como con la sangre de los mártires se debilitan las divinidades, empezando por el divino emperador, de todas estas divinidades. Es la sangre de los mártires, el dolor, el grito de la Madre Iglesia que las hace caer transformando así el mundo.
Esta caída no es sólo el conocimiento de que ellas no son Dios; es el proceso de transformación del mundo, que cuesta la sangre, cuesta el sufrimiento de los testigos de Cristo. Y, si miramos bien, vemos que este proceso no se ha acabado nunca. Se lleva a cabo en distintos periodos de la historia con modos siempre nuevos; y también hoy, en este momento, en el cual Cristo, el único Hijo de Dios, debe nacer para el mundo con la caída de los dioses, con el dolor, con el martirio de los testigos. Pensemos en las grandes potencias de la historia de hoy, pensemos en los capitales anónimos que esclavizan al hombre, que no son más que el hombre, pero que son un poder anónimo al cual sirven los hombres, por el cual son atormentados los hombres e incluso masacrados. Son un poder destructivo, que amenaza el mundo. Y, después, el poder de las ideologías terroristas. Aparentemente en nombre de Dios se aplica la violencia, pero no es Dios: son falsas divinidades, que deben ser desenmascaradas, que no son Dios. Y la droga, este poder que, como una bestia voraz, extiende sus manos sobre todas las partes de la tierra y destruye: es una divinidad, pero es una divinidad falsa, que debe caer. O también el modo de vivir propagado por la opinión pública: hoy se hace así, el matrimonio ya no cuenta, la castidad no es una virtud y así por el estilo.

Estas ideologías que dominan, de forma que se imponen con la fuerza, son divinidades. Y en el dolor de los santos, en el dolor de los creyentes, de la Madre Iglesia de la cual nosotros somos parte, deben caer estas divinidades, debe realizarse cuanto dicen las Cartas a los Colosenses y los Efesios: las dominaciones, los poderes caen y se convierten en súbditos del único Señor Jesucristo. De esta lucha en la cual nosotros estamos, de esta debilitamiento de Dios, de esta caída de los falsos dioses que caen porque no son divinidades sino poderes que destruyen el mundo, habla el Apocalipsis en el capítulo 12, también con una imagen misteriosa para la cual me parece que, sin embargo, hay distintas bellas interpretaciones. Se dice que el dragón lanza un gran río de agua contra la mujer en fuga para derribarla. Y parece inevitable que la mujer se ahogue en este río. Pero la buena tierra absorbe este río y éste no puede causar daño. Yo pienso que el río se puede interpretar fácilmente: son las corrientes que nos dominan a todos y que quieren hacer desaparecer la fe de la Iglesia, la cual parece no tener lugar ante la fuerza de estas corrientes que se imponen como la única racionalidad, el único modo de vivir. Y la tierra que absorbe estas corrientes es la fe de los sencillos, que no se deja derribar por estos ríos y salva a la Madre y salva al Hijo. Por esto el Salmo dice – el primer Salmo de la Hora Media – la fe de los sencillos es la verdadera sabiduría (cfr. Sal 118,130). Esta sabiduría verdadera de la fe sencilla, que no se deja devorar por las aguas, es la fuerza de la Iglesia. Y volvemos al misterio mariano.

Y hay también una última palabra en el Salmo 81, “movebuntur omnia fundamenta terrae” (Sal 81,5), vacilan los cimientos de la tierra. Lo vemos hoy, con los problemas climáticos, cómo están amenazados los cimientos de la tierra, pero están amenazados por nuestro comportamiento. Vacilan los cimientos exteriores porque vacilan los cimientos interiores, los cimientos morales y religiosos, la fe de la cual sale el recto modo de vivir. Y sabemos que la fe es el cimiento y, en definitiva, los cimientos de la tierra no pueden vacilar si permanece firme la fe, la verdadera sabiduría.

Y después el Salmo dice: “¡Álzate, oh Dios, juzga a la tierra!” (Sal 81,8). Así decimos también nosotros al Señor: “Álzate en este momento, toma la tierra entre tus manos, protege a tu Iglesia, protege a la humanidad, protege a la tierra”. Y nos encomendamos de nuevo a la Madre de Dios, a María, y oramos: “Tú, la gran creyente, tú que has abierto la tierra al cielo, ayúdanos, abre también hoy las puertas, para que sea vencedora la verdad, la voluntad de Dios, que es el verdadero bien, la verdadera salvación del mundo”. Amén.

Publicado por vatican.va/ .

Autor: Lúcia Barden Nunes - Blog "Castelo Interior - Moradas"

Assinatura no blog: Lúcia Barden Nunes. Católica (Igreja Católica Apostólica Romana). Jornalista (Reg.Prof. MTb/RS 7.142- Lúcia Aparecida Nunes). Estado Civil: Casada (com Arturo Fatturi). Local de nascimento: Rio Grande do Sul. Data: 1960. País: Brasil.

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